Guanabacoa
la bella,
con sus murallas de guano,
donde se muere un cubano,
porque el hambre lo atropella.»
COPLA POPULAR
Son incontables las veces, que al acostarme y cerrar los ojos me he visto recorrer Guanabacoa. El pueblo donde «nací, me crié y donde conocí al que nunca olvidaré». Hoy me ha dado la idea de escribir este recorrido, — que acostumbraba hacer los domingos con mis amiguitas, cuando teníamos alrededor de 10 años— porque pasan los años y allá no he podido regresar y temo olvidar lugares y nombres.
Siempre mi punto de partida es el Reparto D’Beche, donde viví por 20 años. Hacia el Sur, después del riachuelo Cambute, quedaba Villa María, La Yuca, El Pitirre, y San Miguel del Padrón. Al Este los Repartos Villa Elena, Nalón y Pomo de Oro. Al Oeste los cementerios (el nuevo y el viejo) y después los repartos Azotea, y El Mañana. Pero rumbo Norte, se llegaba al centro de Guanabacoa, subiendo y bajando las lomas de las calles División, Jesús Nazareno o la de Bertematis, porque está dentro de un hoyo rodeada de lomas. Yo prefería bajar al pueblo por la calle Jesús Nazareno (la esquina de mi casa), pasar por la Bodega de la Pipa, el Taller de Meira, la cañada con su altar del Santísimo Jesús, donde casi todos al pasar se persignaban con respeto. Seguir hasta la calle Máximo Gómez, la misma esquina del Liceo Artístico y Literario donde Martí pronunciara patrióticos discursos y hacer izquierda para seguir hasta la cafetería El Faro, famoso por sus Papas Rellenas, y porque estaba en la esquina de la calle Pepe Antonio, nombrada así en honor al valiente que defendió La Habana de la toma de los ingleses, por quien a nuestro pueblo le dieron el sobrenombre de «Villa de Pepe Antonio». Haciendo una derecha (siguiendo hacia el norte) pasar por lo que fuera la elegante tienda «Los Precios Fijos», que se quemó o quemaron, la Botica La Reunión, atravesar la plazoleta con su «piquera» de carros de alquiler, a un lado la panadería El Louvre, al frente la imponente y antigua Parroquia de la Asunción (donde me bautizaron y bauticé a mi primera hija, además hice mi primera comunión). Después el parque con sus asiduos «Cheos» o «Guapos», el moderno Ayuntamiento al frente, hasta entrar al Teatro-Cine Carral, donde se inició tocando piano Bola de Nieve, y tocaba también Cachao.
De regreso a casa, pasaba por detrás de la Iglesia por la calle División y doblaba izquierda hacia Máximo Gómez, en la misma esquina del puesto chino, donde cada domingo, después del catecismo, me compraba una bola de helado de guayaba o mamey. Volvía a pasar por El Faro —siempre lleno—, por el frente del Liceo, tan majestuoso, hasta llegar a la calle Bertematis, donde estaba la Funeraria Franca, y doblaba a la derecha, rumbo Sur, para subir la loma menos pendiente para llegar a mi tranquilo reparto. Siempre mirando con curiosidad la casa de Arcadio, el famoso babalawo, el Brujo de la canción, que vivía al frente de la casa de Emilio el Gallego, que era chofer de la Empacadora de mi papá y la familia. Después, cuando se acababa la calle, en Corrales, cogía hacia la izquierda y nuevamente derecha en la calle Corona. Este pedacito lo caminaba bien rápido, porque temía al Plante de Ñáñigos que estaba en la calle siguiente llamada Venus. Cruzando la Avenida Corralfalso, pasando la Quinta Corona (que debió ser muy hermosa con su frondosa arboleda y su río o cañada con aquella imitación a góndola que remaba un negrito sonriente) entraba a mi tranquilo Reparto D’Beche.
Detrás quedaba mi pueblo embrujado, con sus locos famosos: Fantomas, Fosforito, El Charro, Materva, Alfonso, Maleta; con sus estrechas y antiguas calles, algunas de adoquines, y todavía con los raíles de los viejos tranvías, con su confusión de campanarios de tantas Iglesias: La Parroquia; los Escolapios; el Convento de Santo Domingo; los Salesianos; la capilla la Milagrosa, la Ermita de Potosí, que a pesar de las lomas y la distancia se oían en la noche desde mi casa, y podíamos actualizar el reloj a través de sus sonoras campanadas.
Cuantas personas como yo les ha pasado lo mismo, que entre recuerdos borrosos, recorren las calles del lugar que los vio nacer, crecer y enamorarse, y cuantos lamentarán no haberlo escrito a tiempo, porque ya han olvidado algunos nombres y detalles. Recordar nuestro terruño nos redime, ojalá sirva en algo este recorrido por una parte pequeñísima de Guanabacoa para los que se han alejado de sus vivencias y no añoran nuestra tierra adorada.-
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